UN LEGISLADOR MEXICANO ES CAPAZ DE PROSTITUIR VALORES AL DECIR, “TRABAJO PARA MI PUEBLO”

Hoy un legislador no es más que un parásito dañino a la sociedad.
MIGUEL ANGEL CARRILLO BARRIOS. ALP/MÉX. Tuxtla Gutiérrez. Todo legislador, llámese senador, diputado federal o local o equivalente que se ufane de jactarse de “trabajar para el pueblo”, podría decirse que son palabras que lesionan al pueblo; los verdaderos constituyentes son aquellos que piensan y actúan para el pueblo y no para sus despreciables intereses personales y hasta familiares.
Puede calificarse como grotesca y burla plena el hecho que un sujeto de esa calaña, que se apode legislador, diga que su objetivo es el pueblo; hoy esos señores, son realmente vasallos del tlatoani en turno, son esclavos de sus intereses, son sujetos inmorales incapaces de prostituir los principios hasta de su propia familia.
Para ellos, el pueblo les sirve no como inspiración de lucha y de trabajo sino para alimentarles el vago ego y pagarles lujos, privilegios así como la alimentación de sus hijos; hijos que deberían sentir lástima y vergüenza cuando alcancen su capacidad de razonamiento y entender que sus ascendientes, como tal, fueron los que han vendido el patrimonio de la nación que les da cobijo.
Decir que un legislador mexicano es productivo es todo un gran error, únicamente son personas nocivas hasta para la familia que les dio vida, dado que la reputación y las manchas que causan el deshonor, son imborrables y los daños que le provocan a la sociedad con sus mezquinas reformas son fatales.
Y muy a pesar que todos o unos se desgañiten tratando de explicar que la sal es dulce y el azúcar salada, el pueblo al que se ufanan de representar, está capacitado para distinguir lo podrido y no sano, lo feliz o lo infeliz; tan capaces de despreciar con la mirada y matar con el pensamiento a todo quien con una reforma, de las llamadas dolorosas, le arrebata el poco alimento de la boca de los suyos.

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