Los inconformes con Peña en el gabinete

No puede seguir adelante con colaboradores o correligionarios faltos de valor para advertirle a tiempo que tal o cual decisión es inconveniente y puede acarrear consecuencias de peligro

Si nos atenemos a lo publicado y a las tertulias de restaurante, el gabinete presidencial es un  hervidero de avispas.

O, para decirlo en otros términos, es un nido, pero de víboras.

Así las cosas, después de la previsible negativa de Hillary Clinton a dialogar, en Los Pinos, sobre temas que atañen a México y Estados Unidos, que, dicho sea de paso, provocará otro escándalo mediático-político, el Presidente Peña Nieto debe apresurarse a poner en orden a quienes desde el interior de su gobierno alimentaron el fuego para lincharlo por el atrevimiento de hablar con Donald Trump sobre su decisión de no pagar el muro que amenaza construir a lo largo de la frontera en caso de ganar la Presidencia norteamericana.

Dejemos atrás si la invitación a Trump fue error o acierto, y si debemos temer la venganza de la señora Clinton en caso de ganar al republicano, que ya los expertos nos han bombardeado hasta el hartazgo con  ambos temas, y concentrémonos en la exhibición de la pequeñez mostrada por los protagonistas de la política mexicana, en especial los priístas.

Una vez en casa, Peña Nieto debe investigar si es cierto que tal o cual miembro de su equipo escribió y hasta  firmó su renuncia en protesta por la visita de Trump y, en todo caso, preguntarles por qué no se la presentaron a tiempo.

Debe recordar si es cierto, como se dice de mesa en mesa, que la  mitad, o algo así, de su gabinete mostró su malestar por la noticia si no con palabras, por lo menos con mala cara, y preguntarles por qué no abrieron la boca para oponerse o aconsejar lo contrario, como era su obligación.

Pedir a quienes propalan su disgusto que se lo hagan saber a través de una tarjeta o desde los foros a su disposición, como las tribunas del Congreso o los medios de comunicación, por ejemplo.

Porque si creemos todo lo que se ha escrito o se dice en mesas de restaurantes, el único convencido de lo positivo de la invitación a Trump fue quien la aconsejó, Luis Videgaray; todos los demás están que trinan o, por lo menos, avergonzados.

Tal vez llegó el momento al Presidente de convocar a sus colaboradores  y a las principales figuras de su partido, ahora sí, con carácter de urgente, a que le digan en la cara lo que propalan en la calle o susurran al oído de los periodistas una vez que el toro pasó.

Peña Nieto no puede seguir adelante con colaboradores o correligionarios faltos de valor para advertirle a tiempo que tal o cual decisión es inconveniente y puede acarrear consecuencias de peligro.

Dirán que no se lo pueden decir porque el círculo íntimo es cada vez más estrecho y resulta materialmente imposible comentar los temas en privado con él, pero ninguno puede negar que tiene a su disposición los medios de comunicación, u otras tribunas, para proclamar su verdad antes que sea demasiado tarde.

El Presidente Peña Nieto puede acertar o equivocarse, pero pecará de traición quien hoy, y en el futuro, se acoja al cómodo argumento de “no escuchaba”, pues en estos tiempos es imposible no hacerse escuchar si se tiene el valor para hablar.

En el caso de sus colaboradores que, conforme a los dichos de las columnas políticas, fueron ignorados en la decisión, pese a ser su tema, les queda el recurso digno y valiente de presentar su dimisión, pero ya se sabe lo difícil que resulta vivir fuera de la nómina, quedarse sin escritorio, teléfono, secretarias y caminar por la vida sin ayudantes, escoltas.

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