¿Es posible cambiar el mundo en la tormenta?

Aunque el pensamiento de la izquierda antisistémica, desde siempre recibió las crisis como una bendición ya que abren la posibilidad de cambiar el mundo, el pragmatismo en boga llevó a temerlas y rechazarlas porque pueden poner en peligro las “conquistas” conseguidos en períodos de paz social.

Los paradigmas que han dominado el pensamiento crítico hegemónico desde 1945, han estado centrados en la lenta y persistente acumulación de fuerzas que, demasiado a menudo, se ha concretado en el aumento de las votaciones recibidas por los partidos de izquierda. El PC italiano fue uno de los ejemplos más importantes de ese pensamiento, pero no el único.

Sólo recordar que las revoluciones triunfantes, como la cubana, fueron posibles porque trabajaron a contracorriente de ese paradigma, así como buena parte de los procesos del continente. Sin embargo, una vez que se serenaban las aguas turbulentas de las revoluciones, volvían a imperar aquellas prácticas que todos lo apostaban a cambios lineales y acumulativos. El predominio de las lógicas electorales es la consecuencia, no la causa, de ese pensamiento.

Con las crisis en curso, el paradigma hegemónico empezó a mostrar sus limitaciones. Las razones de su deterioro pueden resumirse en un puñado de causas principales, y unas cuantas locales y circunstanciales que rebasan las posibilidades de este artículo.

La primera es que el pensamiento crítico de la acumulación de fuerzas (y de la “correlación de fuerzas”, que van de la mano), se asentó en el período de más extensa estabilidad y mayor prosperidad del capitalismo, los llamados años dorados. Aunque en la periferia del sistema-mundo hubo guerras y revoluciones, en el centro la estabilidad permitió pensar en una acumulación lineal de fuerzas sin mayores rupturas ni conflictos, ideas que además estaban avaladas por los intereses de la Unión Soviética que priorizaba la estabilidad para el crecimiento del llamado “campo socialista”.

La segunda razón del predominio de ese pensamiento estriba en el fortalecimiento de burocracias partidarias y sindicales, que necesitan la estabilidad para reproducirse y mantenerse en lo alto de la pirámide de las fuerzas populares y de izquierda. Estas burocracias tuvieron enorme influencia ya que contaban con poderosos medios para hacer llegar sus mensajes y su influencia política.

Las democracias electorales en sociedades con relativas libertades de reunión, opinión y organización, actuaron como espejo en el cual todas las izquierdas quisieron verse, en un claro caso de eurocentrismo ya que se aventuraba que los países de la periferia seguirían el camino de los centrales. Seguir las posiciones de los grandes partidos comunistas del mundo, aún los del tercer mundo, fue un ejemplo de subordinación y falta de autonomía.

Aunque existen otras razones adicionales que explican la hegemonía conseguida por el pensamiento centrado en la estabilidad y la acumulación de fuerzas, es necesario reflexionar cómo las crisis en curso desbarataron sus bases materiales y subjetivas.

Lo más evidente es que se terminó el largo período e estabilidad y las democracias demostraron que, por un lado, devinieron en modos oligárquicos de dominación del capital financiero y de las multinacionales ligadas a los Estados Unidos/Wall Street. Y, en segundo lugar, que esas mismas democracias apenas electorales mostraron los límites para defender las “conquistas” en períodos de turbulencia y de dominación del gran capital.

A partir estas constataciones, se acumulan las preguntan. ¿Cómo vanos a organizarnos cuando los más elementales derechos no son respetados y la democracia convive con el genocidio de los de abajo? ¿Cómo vamos a cambiar el mundo cuando la nave está en permanente peligro de hundimiento, cuando los vientos y las tormentas nos ciegan la visión y no nos permiten saber, si quiera, dónde estamos y hacia dónde vamos? En suma, ¿cómo luchar por la emancipación en medio de las peores condiciones?

Lo primero, es que no tenemos respuestas. Hay que inventarlas sabiendo que buena parte de lo aprendido ya no sirve. Esto nos conduce directamente a la necesidad de se autónomos para sobrevivir en la tormenta.

Lo segundo, es que tendremos que confiar en otras “mediciones”, en otras formas de movernos. La principal, es que ya no alcanza con resistir y luchar sino que debemos crear/construir algo nuevo, el mundo nuevo o lo que podamos construir en esa dirección. La metáfora bíblica del Arca de Noé puede servirnos de referencia: un espacio/territorio en el que nos sintamos seguros, para construirnos colectivamente como diferentes al capitalismo, y desde allí seguir resistiendo y juntándonos con las otras resistencias.

Esto es, a mi modo de ver, una parte de lo que nos enseña el zapatismo. No podemos resistir la tormenta y además cambiar el mundo si no construimos lo nuevo en base a la organización colectiva. Si ese algo es pequeño o grande, no es en este momento lo más importante, sino la solidez de las vigas y la firmeza de los anclajes (éticos) sobre los que levantamos el mundo nuevo.

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