En su tierra, César Duarte encontró grandes y exitosos inversionistas. Foto: Cuartoscuro.

En su tierra, César Duarte encontró grandes y exitosos inversionistas. Foto: Cuartoscuro.

Los chihuahuenses tuvimos que soportar a un Gobernador que decidió convertirse por la vía rápida en miembro del club VIP de los ricos del país, y ahora tenemos que verlo pasar la vergüenza de los novatos que juegan a que están en las grandes ligas.

Sorprendió el enriquecimiento sistemático e inexplicable de un hombre que, como empresario, había evidenciado falta de imaginación y muy baja capacidad emprendedora. Pareció sufrir un gran cambio personal cuando ingresó al servicio público; demostró una inesperada audacia y facilidad para encontrar los nichos de inversión que multiplicaban su escasa riqueza inicial. A media carrera ya tenía un guardadito de 65 millones y la oportunidad de invertirlos en un banco que, como espejismo, se había materializado entre las arenas del desierto chihuahuense.

Convencido, como todos los que nacieron en Parral de que ésa es la capital del mundo y que seguramente cuando lleguen los aliens para dominar el universo será considerada estratégica para conquistar la Tierra, buscó asesoría entre sus paisanos para cumplir con sus sueños de riqueza y poder.

De allí había nombrado ya al juez del pueblo presidente del Supremo Tribunal de Justicia, y elegido a sus expertos en comunicación, obra pública y desarrollo social. La inteligencia parralense aportó dos nuevos principios a la ciencia política: el poder es para poder, y, los derechos humanos son para los humanos derechos.

También en su tierra Duarte encontró grandes y exitosos inversionistas; no cualquier mortal junta 65 millones de pesos en tres años con un sueldo anual de 2 millones; pero como era inconveniente que el resto del mundo se enterara de que se había convertido en un accionista destacado del milagro bancario, sus asesores le aconsejaron un mecanismo popular en las grandes ligas de las finanzas: los fideicomisos, el cómo se pueden hacer inversiones millonarias guardando la privacidad del inversionista.

Pero nuestro Gobernador no quiso confiar en los abogados de Panamá, mejor le encargó el asunto al abogado del pueblo, que aprovechó los talentos de un notario local y un banco dirigido por un ex compañero de primaria, sin duda instituciones y recursos humanos mucho más capacitados que los internacionales.

Más pronto que tarde se divulgó en el molino de nixtamal (en Parral los hay) que el hijo predilecto de la región había escondido su dinero en el banco, y no faltó el envidioso que contará el chisme a los adversarios del jefe supremo. Así todo se vino abajo.

Hoy con el escándalo de los Panama Papers sabemos que hay despachos de abogados especializados en recibir dinero de sus clientes y depositarlos a través de un fideicomiso en bancos que pagan pocos impuestos y que, después de girar la rueda de la fortuna, arrojan las ganancias a manos de un particular o de alguna empresa receptora, manteniendo en secreto al dueño del dinero.

El plan era de mucho mundo, para funcionar se necesitaban los servicios de abogados panameños, bancos de las Islas Caimán y empresas fantasmas registradas en Barbados, y al asesor del Gobernador le ganó lo ranchero (ha de haber creído que le iba a entregar el dinero a un hombre barbado que lo cuidaría con un ejército de caimanes), le aconsejo al jefe confiar en sus paisanos. Pero pueblo chico infierno grande.

Ahora los chihuahuenses no sólo estamos indignados porque la PGR no ha hecho algo, estamos apenados porque todo mundo cree que somos tan ignorantes como el general Giner, originario de Camargo, sobre quien los lugareños decían “si seremos chingones, el más pendejo del pueblo es Gobernador”.